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ROSAS EN EL PATIO

I

La tarde del domingo caía lentamente, parecía que el tiempo se había aburrido como todo el mundo y se había quedado dormido sobre la brisa cálida que inundaba las calles. El calor intenso del día había sucumbido con la tarde, las calles estaban solitarias, como si todos hubiesen muerto, sólo la vieja María y su hija Elisa hablaban tonterías debajo del palo de mango que estaba frente a su casa.
Un repentino bullicio interrumpió el silencio, María perdió el hilo de la conversación.- Que habrá sucedido-. Preguntó a la hija.
- Vamos a ver-. Repuso esta. Las dos se levantaron y se dirigieron hacia donde estaban las personas que murmuraban sin cesar.
- Qué pasa?-. Preguntó Elisa a Laura, una vecina que venía en el tumulto.- Otro muerto-. Contestó con la voz entrecortada; su piel estaba mohosa y quemada por el sol al igual que la de las personas que venían con ella.- se ahogó otro muchacho en el río, allá cerca a El Salto.
Al cabo de unos minutos todos los vecinos habían salido a ver que pasaba. Y empezó así el cuchicheo: que se ahogó en El Salto, decían unos, que estaba con una niña que se salvo de milagro, decían otros, que no, que la niña también se ahogo, que no fue en El Salto, sino en otro sitio, que era el hijo de la señora que vende empanadas en la puerta del estadio, que no entendían como se había ahogado si el río estaba seco. En menos de una hora la comidilla se había regado por todo el pueblo con un torrente incontenible, como empujada por la brisa. Y entonces la vieja María no pudo seguir fresqueando frente a su casa. Los recuerdos la atacaron sin tregua. Agarró su asiento y lo rodó hasta el patio, lo recostó al palo de mamón, cerca a las matas de rosas, que a pesar del intenso verano seguían frondosas y llenas de vida, ella las cuidaba demasiado.- Yo perdono pero no olvido-. Pensaba.- Pero si no olvido no puedo perdonar, no puedo.


II

La noche llegaba y los muchachos no aparecían. Ellos no demoraban tanto, había llovido todo el mes y el camino era oscuro, no era considerado peligroso pero el temor era inevitable.

Eran cerca de las nueve cuando Pedro apareció en la puerta de la casa: tranquilo, callado. Entró y se sentó en el banco recién hecho por su padre.
- Y Bernardo. Y la leña?-. Preguntó su madre.
- Por ahí viene-. Contestó sereno. Así estuvo hasta las diez cuando su tía le preguntó y volvió a preguntar.- Y Bernardo?-. Y empezó a impacientarse como a las once cuando los vecinos aparecieron de la casa preguntando por Bernardo. Presentían que algo malo había pasado, pero solo podían esperar o que lloviera o que Pedro contestara, pero ni llovía ni Pedro contestaba.

Como a eso de las doce, Pedro estaba desquiciado: sollozaba, gemía. Todos empezaron a sacar conclusiones: que estaban en el río. Que donde estaba la leña. Que seguro, seguro que Bernardo se había ahogado.
- Pedro, Bernardo se ahogó?-. Preguntaban unos.- Qué le pasó. Tú sabes dónde está. Dónde lo dejaste. Se ahogó. Bernardo se ahogó?
Y ya como a la una, Pedro no pudo más. Lloró, lloró con ganas. Se levantó del banco y entonces gritó: - Se ahogó, Bernardo se ahogó. Y fue como si el suave viento de la noche se hubiese llevado todo el peso de su secreto ahora develado.
María que hacia horas no dejaba de dar vueltas y sollozar, se llevó las manos a la cabeza y gritó, lloró, pidió explicaciones a su sobrino, Pedro no dijo nada más, ni en esos momentos ni nunca más.


III

Muchos comentarios se produjeron, pero todos eran intranscendentes, Pedro no daba claridad al asunto, lo había olvidado o aparentaba hacerlo.

El cuerpo de Bernardo fue buscado a lo largo y ancho del río, por pueblos y caseríos río abajo. El modesto féretro fue paseado por cuanto pueblo había a orillas del río, pero el cuerpo no aparecía.

Semanas más tarde María y su esposo Francisco llegaron a una pequeña vivienda a orillas del Magdalena. Preguntaron por su hijo, el dueño de la casa respondió que por el río pasaban muchos ahogados, pero que hacia algunas semanas había sacado a un muchacho que no traía documentos. Una llama de esperanza ardió en el corazón de María, sentía que era su hijo aquel muchacho, la esperanza se prendió en toda su alma y sintió alegría, una alegría triste que la hizo llorar.
- Traía estos zapatos -. Dijo la mujer de aquel señor, mostrándolos a los visitantes.
- Es él!-. Exclamó María mientras se ahogaba en un profundo llanto.

El día estaba nublado, la brisa que se desprendía del río era fría.- Es aquí-. Dijo el hombre mientras señalaba un corto hilo de tierra amontonado.- Aquí lo enterramos. María observó el sitio indicado por el viejo, había una cruz encima y unas matas de rosas recién sembradas, el viento raudo y helado hizo estrellar los nubarrones del por qué en su mente y estallar tempestades de incógnitas y de llanto que continuaron semanas y semanas en las cuales no sabía que hacer o decir, no sabia lo que había pasado, lo único que sabia era que su sobrino no le diría nada.


IV

Los meses pasaron y los sufrimientos seguían carcomiendo el alma de María, pero esa mañana, la mañana del lunes ella se levantó temprano, erguida como el brillante sol que hacía ese día. Las lluvias ya habían cesado, el verano comenzaba, ella se vistió con sus humildes ropas negras y salió, a despejar nubarrones, como le dijo a su marido momentos antes de salir. Se preguntaba que pasaría. Respondería a sus preguntas el doctor José Gregorio.

El mediodía se acercaba, María regresaba a se casa bajo aquel sol que la seguía inclemente, caminaba fugazmente, sus ojos brillaban, centelleaban con el sol, unas calles antes de llegar a su casa María se detuvo y entro a casa de su vieja amiga Rosalina, esta la invito a sentarse.
- Lo sé todo!-. Exclamó entre sollozos.- Le dije que iría a despejar esto que me carcome el alma.
- Y que ocurrió?
- Me dijo que me quería, que perdonara a Pedro, que rezara por él-. Las lágrimas brotaban de sus ojos suavemente, sus manos no hallaban que hacer.- Me dijo-. Continuó.- Que sembrara rosas en el patio y así estaría siempre conmigo. Rosalía se le acercó y la abrazó mientras María repetía.- Ya lo se, ya se lo que pasó.


V

- Bernardo, apaga esa radio y báñate rápido-. Gritó María.- No se por que te gusta escuchar tanta mierda, y acuérdate de ir a buscar la leña con Pedro.
- Si mamá, ya voy.

Al regresar del baño, que eran en realidad cinco hojas de zinc, Bernardo se acercó a la destartalada mesa y se dispuso a moler el maíz. Era su rutina diaria, moler para que su madre se ganara unos pocos pesos.

Era la hora del almuerzo, la leña un poco húmeda estaba recogida y dispuesta en bultos listos para cargar. Pedro y Bernardo correteaban a orillas del río, el día estaba despejado y claro como no era costumbre en aquella época del año. La hierba estaba fresca y húmeda, destellaba rayos de luz cuando el viento las hacia serpentear.
Mientras corría, Bernardo descubrió unas plantaciones de sandia, se acercó y vio una muy grande, casi gigante. La arrancó de inmediato, dio media vuelta y se encontró a Pedro frente a él, Pedro era un poco más bajo pero de cuerpo musculoso.
- Una patilla-. Exclamó.- Y con esta hambre.
- No, no la comeremos aquí, esta la llevaré a mi mamá. Busca otra.
- No seas pendejo, comámosla aquí, además no veo que hayan más.
- Ya te dije que no!
- Como que no maricón-. Pedro había subido el tono de su voz.- Es que no tienes hambre?
- No me digas maricón-. Repuso Bernardo.- Y si tienes tanta hambre, come mierda!-. Gritó.
- Come mierda tú-. Gritó furioso Pedro al momento que se abalanzaba sobre Bernardo y lo golpeaba. Bernardo cayo sobre la fresca hierba, sintió que el sol se reflejaba en sus ojos, se levantó como un felino furioso y clavo su puño en el estomago de su oponente. La sandia que estaba en manos de Pedro voló como un rayo y se estrelló violentamente contra el suelo, se partió en muchos pedazos y su jugosa pulpa se regó sobre el césped. Pedro, más furioso aún, tomo un palo de leña húmedo, pesado y macizo y con rabia lo estrelló contra la cabeza de Bernardo, este se desplomó como una hoja seca en aquel campo verde...

... Si mamá-. Decía una vieja con voz de adolescente, mientras María se ahogaba en llanto.- Así pasó-. Continuó.- Luego Pedro tomo mi cuerpo, creía que yo había muerto, lo arrastró y lo tiró desde un barranco al río-. Silencio.- después reaccioné, tenía vida, sentí que el agua me ahogaba, grité, pedí auxilio. Fue inútil. Después todo desapareció, no hubo ni ruidos ni nada, hasta ahora que te hablo-. María escuchaba y lloraba silenciosamente, Luego Bernardo o la vieja, o quien estuviera hablando continuó diciendo.- Mamá, no llores, yo te amo y siempre te amaré, perdona a Pedro, reza por mi para poder dormir en paz y por favor siembra en el patio matas de rosas.


Agustin Valle Martinez
El Banco, Magdalena. 1995


















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